A las 9 de la mañana de ayer aún no había amanecido en la mayor parte de Asturias. La imagen fantasmagórica de la ciudad a oscuras, con las farolas apagadas, con la gente mirando los relojes pensando que se habían levantado una hora antes, parecía sacada de una película de ciencia ficción. Solo el intenso olor a quemado y el cielo anaranjado nos indicaba que no se trataba de ninguna película, ni de algo tan extraño que no hubiera sucedido varias veces en los últimos años, pero esta vez lo vimos, lo olimos y lo sentimos.
Oviedo a las 9:10 de la mañana. Foto: Fermín Landeta
Como en diciembre de 2015 y en marzo de este mismo año, Asturias se estaba quemando viva, solo que esta vez también ardía Galicia y Portugal y el humo de todos esos incendios llegó hasta el centro y la costa de Asturias. El intenso calor de los últimos días y la predicción de fuertes vientos de componente sur ya hacía presagiar lo que iba a ocurrir. Porque no nos engañemos, el que quema el monte está tan pendiente de los partes meteorológicos como el marino que sale a la mar lo está del oleaje y la mar de fondo. Y por mucho que repitan el mismo mantra año tras año, ni el viento, ni el calor, ni la supuesta "suciedad" del monte hace que arda, solo la cerilla y el mechero encienden la llama.










