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lunes, 3 de marzo de 2014

Invítame a cenar y puede que tengamos hijos juntos

Charles Darwin propuso la "Teoría de la selección sexual" para explicar cómo algunos caracteres que incrementaban el éxito reproductivo individual pueden evolucionar aunque supongan un coste en términos de supervivencia. Resultaba evidente que si un animal tiene que sobrevivir, el hecho de cargar con molestos adornos o lucir un vestido de colores llamativos sería contraproducente, ya que conseguiría atraer a los depredadores y por otra parte dificultaría la huida.

Posteriormente a Darwin, Amotz Zahavi formuló en 1975 su famoso "Principio del handicap", que proponía una explicación a la aparición de esos adornos exagerados. Según Zahavi, en una población en la que los machos varían en su calidad, algunos de ellos pueden tener ciertos rasgos que pueden suponer una desventaja para sus supervivencia respecto a otros machos (por ejemplo una cola muy larga o unos colores muy llamativos). De esta forma, sólo aquellos machos que tienen unos genes de alta calidad pueden sobrevivir a pesar de cargar con ese hándicap, y por lo tanto las hembras que se apareen con ellos tendrán hijos que portarán esos "buenos genes".


Normalmente cuando pensamos en animales con este tipo de atributos superdesarrollados y a veces grotescos, nos vienen a la cabeza aves como el pavo real o mamíferos como los ciervos, pero quizás el grupo de animales que presenta una mayor variedad de adornos, colores y estructuras relacionadas con el cortejo y la selección sexual, sean los insectos. Entre ellos hay escarabajos con impresionantes cornamentas, mariposas multicolores, insectos que desprenden luces químicas, o moscas metalizadas. Uno de los insectos que han sido más estudiados como ejemplo de selección sexual han sido las Moscas escorpión, que curiosamente ni son moscas ni son escorpiones, y son totalmente inofensivas. Estos insectos pertenecen al orden de los Mecópteros y entre sus características anatómicas destaca su mandíbula transformada en un largo pico y la presencia de un apéndice abdominal acabado en una pinza, presente sólo en los machos y que recuerda al aguijón de un escorpión. Ese apéndice tiene la función de sujetar a la hembra durante la cópula. Pero el macho de mosca escorpión no tiene el éxito garantizado sólo por tener un aspecto imponente y llamativo, si quiere triunfar y conseguir a una hembra deberá antes invitarla a comer, sino no hay nada que hacer, y más vale que la comida sea de su agrado, porque sino lo rechazará sin contemplaciones. 


El macho de mosca escorpión antes del cortejo deberá capturar a una presa, cuanto mas grande y sabrosa mejor, y ofrecérsela a su pareja. Si a ella le parece lo suficientemente buena, accederá a copular con el macho mientras ella disfruta del banquete. Si la hembra está satisfecha, dedicará mucho tiempo a comer y a saborear la comida y durante ese tiempo, el macho estará transfiriendo el esperma a la hembra, asegurando la paternidad de su descendencia. Por otra parte, no cabe duda de que un macho capaz de capturar una presa muy grande y fuerte arriesga más que uno que captura una pequeña mosca y por tanto, también le estará diciendo a la hembra que es fuerte y que tiene unos buenos genes que pasarle a sus hijos.


Pero la presentación a la hembra de regalos en forma de comida no es exclusiva de los insectos. Muchas aves durante la fase de cortejo y apareamiento dan de comer a las hembras. De esta forma, los machos están indicando a sus parejas que serán capaces de proporcionar alimento a sus futuros hijos. Este comportamiento ha sido bien estudiado en aves marinas, que son especies de larga vida en las que el cuidado parental por parte de los dos miembros de la pareja es la norma general.

El investigador de la Universidad de Vigo, Alberto Velando, demostró que las hembras de Gaviota patiamarilla (Larus michaellis) eran capaces de controlar la duración de la cópula y el número de contactos cloacales del macho durante la misma, según la cantidad de alimento que el macho le proporcionaba (Velando, 2004). Si el macho le traía comida en abundancia, la hembra permitía más contactos sexuales y por lo tanto las probabilidades de fecundación aumentaban. Si el macho no aportaba alimento o este era de poca cantidad, la hembra se movía y no permitía esos contactos. Es de destacar que en las gaviotas, al igual que ocurre en la mayoría de las aves, no existe un órgano copulador especializado, por lo que la transferencia de esperma se produce mediante el contacto de las dos cloacas, lo que require mucha precisión y un consentimiento expreso por parte de la hembra.


El en vídeo anterior, grabado en la colonia de gaviotas de Cabo Vidíu (Ouviñana, Asturies) se puede apreciar que la hembra no desplaza al macho y le permite una larga cópula. Por otra parte, si os fijáis al final del vídeo, una vez que la pareja se separa, se observan los movimientos rítmicos de la cloaca de la hembra, que tienen por objeto ayudar al esperma a ascender y de esa forma se facilita la fecundación.


Si habéis leído hasta aquí es probable que hayáis llegado a la misma conclusión que yo. Nosotros no nos diferenciamos demasiado de las moscas o de las gaviotas a la hora de buscar pareja. Nos vestimos con ropas llamativas que muchas veces no son cómodas, nos preocupamos de nuestro aspecto físico para parecer más atractivos, vamos al gimnasio para exagerar nuestros caracteres sexuales secundarios, y en muchas ocasiones hacemos el ridículo para intentar atraer la atención de nuestra pareja. Y cómo no, toda primera cita que se precie debe incluir una invitación a cenar.

Hace miles de años, el líder del grupo y el que tenía un mayor éxito, era aquel capaz de cazar la presa más grande o más fuerte. Era una manera de indicar a su pareja que el futuro podría conseguir alimento en abundancia para sus hijos y defenderlos de los posibles peligros. En la actualidad, y en nuestra sociedad occidental, no parece demasiado apropiado que el pretendiente salga a la calle a cazar un bisonte para ofrecérselo a su pareja (aunque algunos lo sigan haciendo). Hemos cambiado el bisonte por un menú en un buen restaurante, pero el objetivo es el mismo. A fin de cuentas, nuestro genoma comparte el 60% de los genes con el de una mosca de la fruta y el 98,4% con el de un chimpancé.

lunes, 31 de agosto de 2009

La química de la atracción

Posibles elecciones que puede realizar una hembra

La fase más importante en la vida de un organismo es la reproducción. Gracias a ella ese indiviudo es capaz de pasar sus genes a la siguiente generación, y de alguna forma, como dice Richard Dawkins, alcanzar la inmortalidad. Pero para la mayoría de los organismos, es imposible pasar esos genes si no encuentran una pareja que quiera compartir los suyos y por eso deberán asegurarse de que esa pareja tenga los mejores genes posibles para que sus futuros hijos también los tengan. En un post anterior de este mismo blog comenté que los machos de muchas especies poseen algunas características externas que hacen que sean más atractivos para las hembras, y que en ocasiones llegan a desarrollar unos atributos grotescos para llamar aun más su atención. Pero en muchas ocasiones los animales no escogen a su pareja por su físico, sino por ciertas características que no se ven a simple vista y que son un indicador más fiable de la calidad genética que la apariencia externa.

Estructura molecular del MHC

En la mayoría de los vertebrados hay un grupo de genes que está relacionado con la atracción sexual, el MHC (major histocompatibility complex, o complejo mayor de histocompatibilidad en castellano). El MHC es un grupo de genes que contiene la información necesaria para la formación de ciertas proteínas relacionadas con la respuesta inmune. Este grupo de genes son codominantes, es decir, que al contrario que ocurre con otros genes en los que hay un alelo dominante y uno recesivo, de forma que si un individuo tienen los dos alelos para un mismo gen sólo se expresaría el dominante, en el caso de los codominantes se expresarían los dos. Por ejemplo, si tenemos un alelo A (dominante) y un alelo B (recesivo), si hubiera dominancia el individuo sólo expresaría el A, pero si hubiera codominancia expresaría el A y el B. Esto tiene una gran importancia para el MHC, ya que cuantas más variantes de este grupo de genes tenga un individuo, será capaz de crear una mayor variedad de anticuerpos, por lo que estará protegido contra más infecciones o parásitos.

Cercetas comunes (Anas crecca) durante el cortejo

Según se ha demostrado experimentalmente, las hembras eligen con más frecuencia a aquellos machos que tienen un MHC distinto al suyo, de forma que la futura descendencia de ambos tendría una mayor variedad de alelos y podría formar una mayor variedad de anticuerpos. Por el contrario suelen rechazar a los machos que tengan su mismo MHC ya que su descendencia sería menos variable. Esto a su vez es un buen mecanismo para evitar la endogamia, ya que evitaría aparearse con sus parientes con los que evidentemente compartirían muchos genes. ¿Pero como puede saber una hembra cual es el MHC de un macho? Según varios trabajos publicados, el MHC además de codificar para proteínas relacionadas con la respuesta inmune codifica para otras proteínas relacionadas con el olor individual, de forma que a una hembra con un MHC de tipo A le resultará más atractivo un macho con un MHC de tipo B. En un experimento realizado con espinosos (Gasterosteus aculeatus) se demostró que las hembras preferían a aquellos machos que tenían una mayor variedad de genes para el MHC frente a los que eran poco variables. Este efecto del MHC sobre la selección de pareja se ha comprobado para otras muchas especies de grupos muy diversos como en anfibios, las aves o los mamíferos.


Quizas nos pueda parecer que a nosotros, los seres humanos, esto no nos afecta, y que somos lo suficientemente racionales como para basar nuestras elecciones en el efecto que tienen unas cuantas moléculas en nuestra nariz. Pero lo cierto es que al igual que en los peces, las ranas y los ratones, el MHC influye, y mucho, en nuestra elección de pareja. Tal y como comprobaron Wekedin y Füri en un estudio publicado en 1997, y muchos otros investigadores corroboraron en años posteriores (Roberts et al. 2005, Marck 2006, y otros), nuestras elecciones tienen mucho que ver con reacciones químicas que no podemos controlar. Al fin y al cabo, y por mucho que les pese a algunos, nuestros comportamientos siguen patrones muy parecidos a las de las moscas o los peces. En otras palabras, todos nosotros somos esclavos de nuestro pasado evolutivo.