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viernes, 4 de agosto de 2017

Orcas en el estrecho (I): sueño cumplido

Recuerdo perfectamente la primera vez que vi una orca, tenía unos 7 años y fue en un dibujo de un libro que se titulaba "Animales peligrosos" en el que aparecía un capítulo dedicado a la "ballena asesina" en el que un bicho monstruoso blanco y negro perseguía a un niño en una playa. Desde aquel momento me quedé fascinado por ese animal, me parecía precioso, enorme y lo de asesina aún le añadía más morbo. También me acuerdo de la famosa colección de "Vida Íntima de los Animales", donde creo que aparecía en el libro de los animales de la Tundra y los Hielos, aunque no estoy seguro porque desgraciadamente toda la colección desapareció misteriosamente tras una de las operaciones limpieza que mis padres realizaron después de que mi hermano y yo abandonáramos el nido.

Poco después de haber leído esos libros por primera vez se estrenó en el cine la película "Orca, la ballena asesina" y cómo no, fui a verla. Aunque era de "Mayores de 16 años y menores acompañados", no recuerdo a quién convencimos para que nos llevara, a pesar de que todo el mundo decía que "era de mucho miedo" y a pesar de que yo aún recordaba que un par de años antes había visto el Tiburón de Spilberg, lo que me causó un estado de acojonamiento temporal que me impidió que ese verano me metiera en la playa más allá de las rodillas.

En el cartel de la película aparecía una enorme orca rodeada de gente que la arponeaba sin piedad mientras ella aplastaba varios barquitos con su cuerpo. Y sobre el dibujo, un innegable plagio de los dibujos clásicos de Mobby Dick, resaltaban la frase: 

"El único animal que mata para vengarse"

También decía que la orca era "uno de los animales más inteligentes del universo" y que tenía una pareja para toda la vida. 

En la película, el capitán Nolan (Richard Harris), un pescador obsesionado con las orcas, mataba a una hembra preñada que al subirla al barco parió un feto sobre la cubierta. Unos metros más lejos, el macho, que observó la jugada, le juró venganza, acabando con todos los seres humanos que encontró en su camino, hasta que finalmente logró matarlo aplastándolo contra un bloque de hielo después de atizarle un contundente coletazo. 

Con el paso de los años, fui leyendo todo lo que cayó en mis manos sobre las orcas, y comprobé que la mayoría de lo que había visto y leído cuando era un niño era totalmente falso, salvo lo de que era un animal muy inteligente. En primer lugar no existe ni un solo registro de un ser humano muerto por una orca salvaje (en cautividad hay varios y os recomiendo que veáis el documental Blackfish para entender por qué han ocurrido), en segundo lugar no se trata de una asesina despiadada, sino simplemente de un animal que mata para alimentarse, como el resto de los depredadores. 

El nombre de ballena asesina se cree que tuvo su origen en el siglo XVIII, a partir del nombre que los balleneros españoles le daban a esta especie, a la que denominaban "asesina de ballenas", ya que habían observado frecuentemente como las orcas depredaban sobre otros cetáceos. Años después, esta denominación fue traducida erróneamente al inglés, cambiando el orden de las palabras, de forma que de la traducción correcta, "Whale killer" (asesina de ballenas), se pasó a "Killer Whale" (ballena asesina).

Figura extraída de Brent et al, (2015). Rosa: hembras post-reproductivas, Azul: machos adultos, Rosa claro: hembras reproductivas.

Tampoco era cierto que fuera una especie monógama, en la que las parejas se juntan para toda la vida. Las orcas tienen un complejo sistema social, formado por grupos familiares en los que las hembras viejas son las líderes y las que atesoran las experiencia sobre las técnicas de caza que trasmiten al resto del grupo, mientras que los machos ocupan un papel secundario.

Cada vez que leía algo más sobre las orcas o veía un nuevo documental sobre ellas, tenía más ganas de verlas. Cada vez que iba a algún cabo a ver el paso de aves marinas, miraba más allá tratando de ver alguna aleta larga y picuda. También salí muchas veces en barco, primero en el Cantábrico y Galicia, luego en los añorados viajes del Pride of Bilbao, que hacía la ruta desde Bilbao hasta Portsmouth, en el sur de Inglaterra. También me fui varias veces al estrecho de Gibraltar, donde las orcas siguen la migración del Atún rojo y donde todo el mundo decía que "era muy fácil verlas". Y debía serlo, porque todos las veían menos yo. 

En esos viajes al estrecho, cuando yo llegaba ya se habían marchado y cuando me marchaba, llegaban ellas. Parecía evidente que estaba gafado y hasta me propuse cobrarles a los pescadores para que me sacaran de paseo para ahuyentarlas y que así no les robaran los atunes. La última vez que bajé al estrecho, en 2011, se me volvieron a escurrir. Era el segundo año que embarcábamos con Pepe en el Aroha Rahi, y a pesar de no verlas guardo un estupendo recuerdo de aquellos días. Pepe siempre me decía que las acabaría viendo con él y que nos tomaríamos un wisky de malta cojonudo para celebrarlo cuando llegara ese día. En 2012 yo no bajé, pero fueron Gorka y varios de los que habíamos ido en los viajes anteriores, y cómo no, ese año si las vieron y desde allí me llamaron para contármelo y para volver a meterme el gusanillo de intentarlo una vez más. Desgraciadamente no pudo ser, porque al año siguiente se nos fue Pepe cuando ya teníamos preparado un nuevo viaje. Y con el disgusto y la pena se fue mucha de la ilusión de ver las orcas del estrecho. 

A partir de ese año seguí saliendo a la mar, pero la esperanza de ver orcas se habían esfumado, a pesar de que no fueron pocas las veces que se vieron en el Cantábrico, tanto en las salidas que organizan mis amigos de la Fundación Lurgaia, como incluso un ejemplar solitario que se vio en la Concha de Artedo, muy cerca de mi casa de Novellana, hace un par de años.

Pero este año se encendió de nuevo la lucecita. Mi amigo Jesús Menéndez me llamó hace algo más de un mes para decirme que Circe (Conservación, Información y Estudio sobre cetáceos) organizaba un curso de una semana sobre investigación en cetáceos que incluía varias salidas a la mar en las que el objetivo eran las orcas. No tarde mucho en pensármelo y la semana pasada me fui a Tarifa suplicando porque no se levantara el levante, o el poniente fuerte, o la niebla, o sencillamente que los días que saliéramos a la mar a las orcas no les diera por irse a otro sitio de aventura.

Cuando llegué a Sevilla el domingo 23, antes de tomar rumbo a Tarifa, el resto del grupo, que habían llegado un día antes, todavía estaban en la mar. Querían aprovechar el tiempo y las buenas condiciones meteorológicas y salieron en barco. Y cómo no, vieron las orcas a placer y cuando vinieron a buscarme me enseñaron parte de las fotos que habían hecho, lo que por una parte me produjo una sensación de envidia malsana, pero por otra era una alegría saber que allí estaban y que había muchas posibilidades de que al día siguiente también hubiera suerte. 

Y por fin llegó el día, a las 9 de la mañana embarcamos en Tarifa rumbo a las bajas de Tanger. Allí acuden las orcas a alimentarse de los atunes que regresan de las zonas de reproducción y a los que esperan los pescadores para capturarlos antes de que salgan al Atlántico. 

Durante toda la travesía apenas vimos nada, solo unas pocas pardelas cenicientas y alguna gaviota patiamarilla. Algún delfín listado saltó a lo lejos pero preferimos no parar, queríamos llegar a las bajas cuanto antes.


Por fin vimos las pateras marroquíes a lo lejos y me empecé a poner cada vez más nervioso. ¿Estarían las orcas con ellos o me habrían vuelto a dar esquinazo? Alguien dijo algo que no llegué a entender y al mirar con los prismáticos vi las primeras aletas negras. ¡¡¡ Allí estaban!!! Por fin, después de tantos años había cumplido uno de los sueños que tenía desde que era un niño. Ahora solo quedaba observarlas y confiar en que el tiempo pasara lo más despacio posible para poder disfrutar del momento.


Durante las siguientes 5 horas estuvimos observándolas mientras cazaban y robaban los atunes a los pescadores. Al menos dos grupos familiares con un par de imponentes machos estuvieron todo el día junto a nosotros, pudimos ver tres crías pequeñas, una de ellas de tan solo un par de semanas de edad.

Pero todo eso os lo dejo para el próximo artículo que publicaré en unos días, donde os contaré algunas cosas sobre su comportamiento, sus estrategias vitales y sobre la estrecha relación que mantiene esta población de orcas con la pesquería de atún rojo y sobre .

No quiero cerrar esta entrada sin acordarme de todo el grupo que compartimos esta experiencia: Renaud de Stephanis, Jesús Menéndez, José Maria Salazar, Isaac  Villaverde,  Tomás Crespo y José Manuel Castilla - el pelos -.


ESTAS ORCAS VAN POR TÍ, PEPE

12 comentarios:

  1. David!
    salgo en una de tus fotos!
    una pena no haberte saludado
    maginfica entrada como siempre
    un abrazo
    Manu

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    1. Si Manu, ya me di cuenta. A ver si nos vemos y hablamos. Un abrazo

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  2. Coño David, nos vas a hacer llorar de emoción. Enhorabuena!!!
    M. Quintana

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    1. Jajaja. Pues imagínate como me sentí yo. Una auténtica pasada. Mereció la pena esperar para verlas así.
      Un abrazo

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  3. Espero experimentar eso que tan bien describes, más pronto que tarde!
    I.Quintana Cobo

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    1. Que tengas suerte, aunque cada vez estoy más convencido de que la suerte si no la buscas no existe.
      Un saludo

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  4. Respuestas
    1. Una gozada, amigo. Algo increíble de verdad.
      Un abrazo

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  5. Respuestas
    1. Hola Migue, por fin!!! Mereció la pena esperar tanto tiempo.
      Un abrazo y pronto nos vemos

      David

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  6. Me ha gustado mucho la entrada que has hecho sobre las orcas. Mientras lo leía me han venido recuerdos de los buenos momentos que pasamos en el estrecho. Saludos. José Mari Salazar

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    Respuestas
    1. Gracias Jose Mari, me alegro de que te haya gustado, fue genial disfrutar de ese momento con vosotros, a ver si se repite.
      un abrazo

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